El Hiyab
martes, 25 de mayo de 2010 | Silvia de Córdoba

Tomo partido
Hoy tomo partido por todas las niñas que quieren vestir su vestido de comunión y por todas las monjas que llevan toca, por aquellos que quieren ser nazarenos o costaleros en semana santa; de igual modo, tomo partido por todas aquellas jóvenes que por decisión propia quieren llevar el hiyab como una expresión de religiosidad personal, como un ejercicio de su libertad en un país libre y democrático, donde hay libertad religiosa.
Habrá jóvenes que se vean obligados por sus padres a asistir dos años al catecismo para realizar la comunión, otras a llevar el hiyab pero hay otras, la mayoría, que desea llevar el hiyab o asistir al catecismo para hacer la comunión. Son expresiones de fe, y como vivimos en un estado democrático: soy “benditamente” libre, de creer o no creer.
El rechazo rotundo de más de la mitad de la población a que esta prenda se lleve en los colegios e institutos solo muestra hasta qué punto una sociedad autoproclamada abierta, se escandaliza ante lo diferente. Cotidianamente asisto al desfile de cofias y tocas de las monjitas de toda la vida en la cola del supermercado, en la parada del autobús, en Hacienda, dando clases en sitios públicos, en el centro de salud, en las plazas y calles de la ciudad y todos pasamos a su lado sin stress, el que sí se nota cuando vemos del hiyab.
Es lo que ha pasado con la joven de Pozuelo de Alcorcón, solo se vio al hiyab como símbolo de opresión de la mujer árabe: era la opinión de muchos: madres aun en preparativos de la comunión, buscando el vestido para que sus niñas se vistieran “de comunión”, devotos que visten a sus niños de nazarenos, con peinetas en semana santa, de monaguillos, etc., profesoras del sector público con el cuello roto por pesados crucifijos, laicistas progres
entrenados en detectar velos islámicos, etc.
El sexismo moderno, de hombres y de mujeres, de izquierda y de centro y de derecha, en estos aires tan occidentales ha potenciado la creencia errónea e ignorante de que las mujeres y hombres hemos alcanzado la igualdad y sentimos que “debemos desde nuestra igualdad conseguida y vivida cotidianamente” señalar con un dedo enorme “a otras culturas como fuertemente patriarcales y sexistas” sin hacer un ejercicio de autocrítica y señalar la discriminación sexista de nuestras propias sociedades.
No ha importado que la joven haya dicho en mas de una ocasión que era su voluntad llevar el hiyab, que era una expresión simbólica de la fe que profesa :(“Mamá, quiero hacer la comunión!!”)
Todos hemos DIAGNOSTICADO: ella no sabe, no puede decidir, no se da cuenta, está oprimida, pobrecita la tenemos que “liberar”, o es una fanática, es una fundamentalista, en resumen: ES DIFERENTE por eso nos estresa.
Olvidamos rápidamente nuestros propios símbolos de opresión: desigualdad salarial, techos de cristal, conflicto trabajo/familia, maltrato y asesinato de mujeres a manos de sus parejas, publicidad sexista, y más.
En una sociedad que sin ninguna vergüenza expone el cuerpo y la intimidad de una mujer públicamente, donde la desnudez simboliza la “liberación femenina”, donde los cánones de moda y estética nos esclavizan día a día, cuesta entender por qué una mujer musulmana decide llevar el hiyab.
Debemos identificar las actitudes sexistas tanto hostiles como benevolentes que persisten en las diferentes culturas. La forma, en caso de opresión, no es alejarla de nuestros sitios, empujándola a la realidad doméstica que la obliga, sino tender la mano para sostenerla en su decisión. Igual hicieron las mujeres católicas en todo el mundo cuando poco a poco decidieron no acudir con la cabeza cubierta a la iglesia.
Es imprescindible que tod@s nos sumemos al reto de dialogar desde la Tolerancia como virtud democrática, junto a la solidaridad y a la responsabilidad. (Camps, 1995) La tolerancia no entendida como permisividad, indiferencia o pasividad, sino como una disposición decidida a prestar atención activa con el pensamiento y acción a las diferentes opiniones, creencias, valores y conductas que difieren de la nuestra, desde la consideración de que los otros pueden tener parte de la verdad, o que no poseemos toda la verdad. (Touriñán, 2007) Nuestra guía siempre el respeto a los DDHH, de todos los seres humanos, sean españoles o no, católicos o no.

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